Los datos fluyen

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Por Fernando Fernandez-Monge*

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Fecha de publicación
16/7/26
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Los datos fluyen

Vivimos el momento IA. Todo es IA. 

Hace no tanto, la palabra clave era el dato. Todo era Big Data

Durante la era “Big Data”, en la UE surgió una tesis: las grandes empresas tecnológicas norteamericanas habían ganado su posición de dominio gracias a la acumulación y explotación de datos. Los datos eran un activo estratégico para la economía, y Europa no había sido capaz de activarlo. 

La UE decidió responder publicando una Estrategia de Datos y emitiendo reglamentos, como el Data Act, para promover que las empresas compartieran más datos entre sí. 

También se han financiado iniciativas, como “los espacios de datos”, con una premisa: si se eliminan las barreras técnicas y de gobernanza que obstaculizan el flujo de datos, miles de nuevos productos y servicios verán la luz. 

Es una tesis sugerente, pero creo que parte de un diagnóstico parcial, cuando no erróneo.

En Europa ya se comparten los datos. El problema de fondo no está en las barreras técnicas. Ni siquiera en las regulatorias o de falta de estándares comunes. Cuando hay un caso de uso con valor claro, las empresas encuentran la manera de compartir los datos. Las causas de la falta de competitividad de la UE frente a EEUU, antes en la economía del dato, ahora en la IA, hay que buscarlas en otro lugar.

Esta es mi conclusión después de varios años estudiando la gobernanza de datos. Y un ejemplo que lo ilustra bien son las bicis compartidas. Sí, este servicio aparentemente tan simple e inocente se construye sobre una compleja arquitectura tecnológica y un flujo constante de información entre organizaciones, demostrando que los datos ya se comparten.

¿Cómo fluyen los datos cuando usamos una bici compartida?


Imaginemos un viaje en cualquiera de los servicios de bici compartida que ya existen en nuestras ciudades.

El primer paso es sacar el móvil para encontrar una estación de bicicletas compartidas y  registrarse en la aplicación (la App) de esa ciudad. Ya frente a la bicicleta, lo siguiente es escanear el código QR. El candado se abre con un clic y se puede empezar a pedalear. 

Solo en esos dos minutos de interacción, se han producido varios intercambios de datos entre empresas.

En primer lugar, la aplicación envía información del registro de un nuevo usuario al operador,  asignándole un identificador único. Los datos de pago se envían a una tercera entidad de procesamiento de pagos que valida la identidad del usuario, y devuelve esa información al operador, quien a su vez la comparte con la App. Al recibir la verificación, la aplicación manda una solicitud cifrada de “desbloqueo” al operador de la bici, quien autentica al usuario y envía un comando al candado IoT de la bicicleta para que el usuario pueda cogerla. 

Esto supone seis transacciones de datos entre cuatro entidades diferentes: la empresa que desarrolla y mantiene la aplicación, el operador que gestiona las bicis y dispositivos, el procesador de pagos y la nube que guarda la información del dispositivo IoT.

En cuanto empezamos a pedalear, el módulo IoT de la bici transmite instantáneamente un evento de “inicio de trayecto” —con datos de GPS, batería y un identificador de usuario — que se envía de vuelta al operador. Durante y después del trayecto, el dispositivo IoT de la bicicleta enviará al operador los cambios de estado del vehículo (desbloqueado y bloqueado) con marcas de tiempo, así como los niveles de batería. La organización que gestiona los sensores IoT también enviará datos de telemetría con las posiciones y velocidades de los vehículos.

Además, la empresa operadora del servicio comparte datos con el ayuntamiento, ya sea a través de un tercero - como Vianova - o directamente, mediante flujos continuos de información sobre el estado y la ubicación de los vehículos. 

Las ciudades rara vez solicitan conjuntos de datos brutos. Por lo general, especifican APIs de eventos o disponibilidad, o establecen acuerdos de nivel de servicio (SLAs) con indicadores concretos que monitorean para cumplir objetivos públicos como asegurarse de que hay bicis disponibles en todas las estaciones. 

La ciudad también comparte datos con el operador sobre cambios en las políticas, normas de aparcamiento o lugares por los que no se puede circular. 

Como vemos, el intercambio de datos sucede, pero no en abstracto. No se comparten datos esperando que de ese intercambio “eventualmente” surja valor. No. Se comparten miles, millones de datos de manera continúa para dar respuesta a casos de uso normativos u operativos concretos. 

Y por cierto, estos flujos de datos son masivos. El Director de tecnología de Voi, empresa de micromovilidad compartida, declaraba hace poco que su empresa recopila 100.000 millones de puntos de datos cada día. Si multiplicamos por el uso anual de esos servicios - en Barcelona ​​los servicios de Bicing se utilizaron 18 millones de veces en 2023 - en seguida nos damos cuenta del volúmen de transacciones del que estamos hablando. 

Cuando algo tan inocente como movernos en bici por una ciudad genera tal cantidad de datos, lo siguiente es preguntarse cuántas transacciones de datos entre organizaciones, públicas y privadas, ocurren cada minuto en toda la economía. La cifra tiene tantos ceros que es difícil imaginarla.

Si los datos se comparten tantas veces y con tanta fluidez, ¿qué problema está intentando resolver la UE? El objetivo de la UE - promover la innovación tecnológica abriendo el mercado - es acertado, pero lo está intentando conseguir resolviendo el problema equivocado.

Cuando la necesidad es clara, los datos fluyen


¿Cuál es la lección de las bicis compartidas para la economía del dato en Europa? 

La compleja red de flujos de datos del sistema de bicis compartidas no surgió de un mandato impuesto desde arriba ni de un conjunto de normas predefinidas. Se forjó por necesidad. Demuestra que, cuando existe un motivo comercial o un objetivo público claro —ya sea la eficiencia operativa, el cumplimiento normativo o la comodidad del usuario—, las organizaciones encontrarán las soluciones técnicas y de gobernanza necesarias. 

En mi opinión, hay que evitar proyectos que parten de la idea de “constrúyelo y vendrán”. 

Antes de invertir millones de euros en desarrollar sistemas complejos de arquitectura, estándares y gobernanza, los gobiernos deberían actuar como impulsores del mercado. En el contexto de la compra pública, esto implica fijar objetivos claros y específicos, facilitando la interoperabilidad de los datos — por ejemplo, exigiendo APIs abiertas entre los actores de las distintas capas del stack en las licitaciones— necesaria para alcanzarlos. Pero sin intentar determinar - por comité - todas las especificaciones de antemano.

El intercambio de datos prospera cuando está directamente vinculado a un resultado tangible, ya sea una batería cargada, una estación que funciona o un trayecto que cumple con la normativa.

Antes de construir grandes infraestructuras de datos, lo primero que tenemos que preguntarnos es: ¿qué problema estamos tratando de resolver?

Como demuestran silenciosamente las bicicletas que circulan por nuestras calles cada día, si existe una respuesta clara a esta pregunta, los datos encontrarán la manera de fluir.

* Firma invitada: Fernando Fernandez-Monge. Senior Associate en Bloomberg-Harvard City Leadership Initiative en la Universidad de Harvard e investigador en el Institute for Innovation and Public Purpose en University College London. Una versión anterior de este artículo apareció en el Newsletter DataPolis.

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